
En su personalidad y forma de vida hay que buscar la razón por la que el Libertador se convirtiera en una figura relevante de la historia americana.
San Martín está en el bronce por la epopeya que protagonizó sobreponiéndose a sus humanas carencias y debilidades, y no por no haberlas tenido. Sintió el calor de la familia y la amistad, y el reconocimiento de los contemporáneos que supieron apreciar su conducta y propósitos. Pero también padeció el desencanto, la ingratitud, los dolores de la carne y del espíritu.
Un hombre con valores firmes, al que no le importaba el lujo. Vivía en la austeridad, le daba gran importancia a la palabra, amaba a su Patria y, sobre todo, no codiciaba el poder. Posiblemente, este último aspecto fue una de las características que más se resaltó en su personalidad, puesto que resulta extraño que un integrante de la política no quede atrapado por la seducción de ejercer la autoridad.
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